← Volver al archivero PORTAFOLIO · Dania Esparza
Crónica · Ciudad de México

Una piñata y un capo en un domingo por la tarde

El domingo en la Ciudad de México tiene esa pesadez de que el tiempo pasa más lento. Se respira el humo de los microbuses y el vapor de los puestos de comida que se mezclan con el aire estancado de la tarde. Eran las cuatro y la fiesta infantil estaba en su apogeo. Había un inflable con forma de castillo que soltaba aire caliente y una fila de niños con las manos pegajosas de dulce, esperando su turno para darle un buen golpe a una piñata que era tan linda que daba pena destruirla.

En las mesas de los adultos, la conversación se movía por pura inercia: el tráfico, las colegiaturas, el clima de la capital que nunca se decide.

No fue un ruido, sino un sismo que venía de los bolsillos. Un hombre en la mesa de los refrescos sacó su teléfono y se quedó petrificado, con un vaso de unicel a medio llenar. Como un virus, el gesto se repitió en las otras mesas. Los padres de familia fuimos abandonando la charla para hundir la mirada en la luz azul de las pantallas. La captura había ocurrido a la una de la tarde, y para cuando el pastel llegó a las mesas, la noticia ya era un incendio imparable en los grupos de WhatsApp.

Alguien soltó el nombre de Nemesio Oseguera, como si pronunciarlo fuera a invocarlo en medio del salón de fiestas.

El contraste era una bofetada. En la pantalla, la realidad para otros estados del país era un infierno de camionetas quemadas y militares bajo el sol; frente a mis ojos, la Ciudad de México seguía en su burbuja. En las redes el mapa se teñía de rojo por los bloqueos, pero en el salón la mayor preocupación de la cumpleañera era que su primo le había arrebatado la corona de plástico.

Nadie se movió. En la capital las cosas estaban normales, o esa era la fachada que nos gustaba mantener. La música de Disney seguía sonando, pero los adultos ya no mirábamos a los niños; mirábamos hacia el celular y las noticias.

La piñata finalmente cedió. El cartón cayó al suelo. Los niños se lanzaron sobre los restos, peleando por dulces baratos con una ferocidad inocente.

Miré el plato de plástico con un trozo de pastel de vainilla. Afuera, la estructura del poder criminal acababa de recibir un golpe, pero ahí dentro, entre globos y restos de gelatina, el mundo seguía girando. La vida en México no se detiene por la tragedia, simplemente se acostumbra a ella.

Dania Esparza · Crónica← Volver a Textos